a.- Is. 60, 1-6: La gloria del Señor amanece sobre ti. 
b.- Ef. 3, 2-3. 5-6: También los gentiles son coherederos.
c.- Mt. 2, 1-12: Venimos de Oriente para adorar al Rey. d.- Isabel de la Trinidad: “He visto brillar la estrella luminosa…la voz del ángel me dijo: Recógete, es en tu alma donde el misterio se ha cumplido. Jesús, esplendor del Padre, se ha encarnado en ti. Con la Virgen Madre estrecha a tu Amado, El es tuyo” (P. 86 Navidad de 1902).
La Epifanía es la manifestación de Dios a todos los pueblos de la tierra. Es la fiesta de los Reyes, la Epifanía del Señor; la universalidad de la salvación para todos los hombres y naciones. Fiesta que pasó a la iglesia latina en el s. IV desde la iglesia de Oriente.
Isaías, nos presenta su visión de apertura de la salvación más allá de las fronteras de Israel. La gloria de Dios se manifiesta sobre Jerusalén, lugar de reunión de todos los pueblos. Son los magos de Oriente quienes hoy representan a todos esas naciones paganas llamadas a la fe, guiados por una estrella, vienen a adorar al rey de los judíos. Se cumple en Cristo, la palabra de Isaías, también los pueblos paganos pueden recibir el cumplimiento de las promesas hechas a Israel.
Pablo, ha sido constituido en ministro del misterio de Cristo Jesús, por medio de la revelación hecha camino a Damasco: también los gentiles están llamados a la salvación, más aún, coherederos, miembros del cuerpo y partícipes de la promesa en Cristo por medio del Evangelio (cfr. Gál. 3, 6). Es la gran noticia de Pablo al mundo gentil: el Evangelio es también para los no judíos, también ellos pueden ser discípulos de Cristo si lo aceptan en su vida. Esta noticia es tan actual como por primera vez la comunica y escribe el apóstol: Cristo está vivo y sigue convocando a su Iglesia a todos los hombres de la tierra. Oírla vale la pena porque está abierta la posibilidad cierta que el hombre de hoy encuentre la felicidad que tanto ansía, los valores perenne que dan sentido a su existencia…
El evangelio nos presenta a estos sabios de Oriente preguntando: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Vimos su estrella en Oriente y venimos adorarle” (Mt. 2, 1-2). Llama la atención que sean paganos quienes vengan a adorar al Niño Dios, pero no es el único ejemplo en la Biblia: Balaam anuncia la estrella de Jacob y el cetro de Israel (Nm. 24,17) y la reina de Saba viene a conocer la sabiduría de Salomón (1Re.10). Pero si esto nos llama la atención, la fe de los magos y de los pastores, más extraña es la falta de fe del pueblo elegido, las autoridades religiosas, Herodes, etc. La luz de la Epifanía brilla sobre las tinieblas de la falta de fe.
Si nos preguntaran: ¿Dónde está tu Dios? ¿Cuál sería nuestra respuesta? Ellos, los sabios, preguntaron y se pusieron en camino en busca del mesías-rey. ¿Qué encontraron? Un Niño en brazos de su madre. El ambiente era humilde y pobre, sin embargo, lo homenajearon como hombre y como rey. Los maestros de la Ley de Jerusalén sabían donde iba a nacer, en Belén, pero no fueron en su busca y cuando se manifestó a Israel, tampoco le creyeron. ¿Cuál es la imagen que presentamos de Jesús al que lo busca hoy, como los sabios de Oriente? Ideas acerca de Cristo, conceptos fríos, devociones…El hombre de hoy quiere un contacto real, vivo palpable con Jesús de Nazaret. No sea que, en lugar de ser un testimonio de Cristo nuestra vida, sea todo lo contrario, una velación o desfiguración de la revelación hecha por Jesucristo (cfr. GS 19). Seamos como la estrella que guíe a los hombres hacia el Señor, tienda de encuentro y no de dispersión.
Si nuestra existencia cristiana no es manifestación de un Cristo vivo, entonces todas nuestras celebraciones litúrgicas, son culto vacío, puro ritualismo sin el sentido profundo del misterio del Dios hecho Hombre. La vida del cristiano debe ser una continua manifestación del misterio de Dios hecho carne por nosotros. A los cristianos se nos confió el Evangelio y su predicación, se confió la comunidad eclesial, recinto donde se encuentra a Dios vivo en la celebración de los misterios de la fe, a nosotros se nos confió la misión de anunciar el Kerigma a los hombres de todos los tiempos. El discípulo es imagen de Dios y lugar de encuentro para el que no cree, pero busca a Dios.
Los discípulos son sal, luz, levadura para la comunidad y la humanidad, si dejan de serlo: ¿Dónde encontrarán los hombres los signos visibles de Dios si no es en ellos? Si dejamos de ser luz, sal y levadura, los hombres no encontrarán nada y se volverán cada uno por su camino desesperanzados, defraudados de los cristianos y del Dios nuestro. Sólo el dinamismo del testimonio de los discípulos de Cristo hace visible a Dios en nuestra sociedad y teniendo claro que los valores del reino: justicia, verdad, amor, paz, reconciliación, etc. son el mejor patrimonio del testigo a la hora de querer evangelizar. Ser profetas de lo invisible y de Jesucristo el Señor nos convierte en embajadores del Evangelio para los hombres de hoy.
Queda latente la pregunta: ¿Soy manifestación de Dios para la sociedad en la que vivo? ¿Encontrarán los sabios de este mundo en mi testimonio, una sabiduría mayor que los guía a Dios? El autentico discípulo siempre es manifestación de Dios vivo, hoy con rostro de Niño adorable: un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado (Is. 9, 5). De la luz de su mirada que se releja en los nuestros, pende todo testimonio que de ÉL podamos dar hoy.
Isabel de la Trinidad nos exhorta a hacer nuestro el misterio celebrado: hemos visto nacer su estrella en el firmamento de nuestra fe ahora abrazar el misterio es descubrirlo en lo interior de nuestras existencias iluminándolas, pero sobre todo amándonos. Luz y calor en lo interior vida nueva en todo nuestro ser.
P. Julio Gonzalez Carretti OCD



























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