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domingo, 8 de marzo de 2009

Intercesores modelicos - S. Juan de la Cruz

La intercesión modélica es la que se hace con pocas palabras, con mucho amor al prójimo y confianza en Dios sin límites

Cantico Espiritual A Canciones entre el alma y el esposo.

Cancion No 23

Cuando tú me mirabas,

su gracia en mí tus ojos imprimían;
por eso me adamabas (amar mucho)
y en eso merecían los míos
adorar lo que en ti vían.

(Ver declaración mas abajo )

“El mirar de Dios es amar y hacer mercedes” (Cant.19,6). “La mirada de Dios cuatro bienes hace en el alma: limpiarla, agraciarla, enriquecerla y alumbrarla; así como el sol con sus rayos enjuga, calienta, hermosea y resplandece. Y después que Dios pone en el alma estos tres bienes postreros, por cuanto por ellos le es el alma muy agradable, nunca más se acuerda de la fealdad y pecado que antes tenía” (Cántico 33,1).*¿Qué mejor oración que acoger la mirada y el amor de Dios? * ¿Qué mejor intercesión que llevar en el corazón a nuestros seres queridos, a la Iglesia, el mundo..., y dejar que la mirada de Dios se pose sobre ellos con su infinito amor y generosidad?

En el coro de San Damián (Asís) , convento donde vivió y murió Sta. Clara:

Non vox, sed votum - No la voz, sino el deseo,
Non clamor, sed amor - No el clamor, sino el amor
Non cordula, sed cor - No las cuerdas (vocales), sino el corazón
Psalat in aure Dei - Cante al oído de Dios.
Lingua consonet menti - Concuerde la lengua con la mente
et mens consonet cum Deo - Y la mente con Dios.



DECLARACIÓN


1 Es propiedad del amor perfecto no querer admitir ni tomar nada para sí ni atribuirse a sí nada, sino todo al Amado; que esto aun en los amores bajos lo hay, cuánto más en el de Dios donde tanto obliga la razón. Y, por tanto, porque en las dos canciones pasadas parece se atribuía a sí alguna cosa la esposa, tal como decir: que haría ella juntamente con el Esposo las guirnaldas, y que se tejerían con el cabello de ella (lo cual es obra no de poco momento y estima), y después decir y gloriarse que el Esposo se había prendado en su cabello y llagado en su ojo (en lo cual también parece atribuirse a sí misma gran merecimiento), quiere ahora en la presente canción declarar su intención y deshacer el engaño que en esto se puede entender, con cuidado y temor no se le atribuya a ella algún valor y merecimiento, y por eso se le atribuya a Dios menos de lo que se le debe y ella desea. Atribuyéndolo todo a él y regraciándoselo juntamente, le dice que la causa de prendarse él del cabello de su amor y llagarse del ojo de su fe, fue por haber él héchola merced de mirarla con amor, en lo cual la hizo graciosa y agradable a sí mismo; y que, por esa gracia y valor que de él recibió, mereció su amor, y tener valor ella en sí para adorar agradablemente a su Amado y hacer obras dignas de su gracia y amor.Síguese el verso:

Cuando tú me mirabas,


2 es a saber, con afecto de amor (porque ya dijimos que el mirar de Dios aquí es amar),

su gracia en mí tus ojos imprimían.

3 Por los ojos del Esposo entiende aquí su Divinidad misericordiosa, la cual, inclinándose al alma con misericordia, imprime e infunde en ella su amor y gracia, con que la hermosea y levanta tanto, que la hace consorte de la misma Divinidad. Y dice el alma, viendo la dignidad y alteza en que Dios la ha puesto:

Por eso me adamabas.

4 Adamar es amar mucho, es más que amar simplemente; es como amar duplicadamente, esto es, por dos títulos o causas. Y así, en este verso da a entender el alma los dos motivos y causas del amor que él tiene a ella; por los cuales no sólo la amaba prendado en su cabello, mas que la adamaba llagado en su ojo.

Y la causa por que él la adamó de esta manera tan estrecha, dice ella en este verso que era porque él quiso con mirarla darla gracia para agradarse de ella, dándole el amor de su cabello, y formándola con su caridad la fe de su ojo. Y así dice: Por eso me adamabas; porque poner Dios en el alma su gracia es hacerla digna y capaz de su amor. Y así, es tanto como decir: porque habías puesto en mí tu gracia, que eran prendas dignas de tu amor, por eso me adamabas, esto es, por eso me dabas más gracia. Esto es lo que dice san Juan (Jn 1, 16) que dat gratiam pro gratia, que quiere decir: Da gracia por la gracia que ha dado, que es dar más gracia; porque sin su gracia no se puede merecer su gracia.


5 Es de notar, para inteligencia de esto, que Dios, así como no ama cosa fuera de sí, así ninguna cosa ama más bajamente que a sí, porque todo lo ama por sí, y el amor tiene la razón del fin; y así, no ama las cosas por lo que ellas son en sí. De donde amar Dios al alma es meterla en cierta manera en sí mismo, igualándola consigo, y así ama al alma en sí consigo con el mismo amor que él se ama; y por eso en cada obra merece el alma amor de Dios, porque, puesta en esta gracia y alteza, merece al mismo Dios en cada obra. Y por eso, se sigue en estotro verso:

Y en eso merecían.

6 En ese favor y gracia que los ojos de tu misericordia me hicieron de levantarme a tu amor, tuvieron valor y merecieron,

los míos adorar lo que en ti vían.

7 Es tanto como decir: las potencias de mi alma, Esposo mío, merecieron levantarse a mirarte, que antes con la miseria de su baja obra y caudal estaban caídas y bajas (porque poder mirar el alma a Dios es hacer obras en gracia de Dios) y ya merecían los ojos del alma en el adorar, porque adoraban en gracia de su Dios; adoraban lo que ya en él veían, alumbrados y levantados con su gracia y favor, lo cual antes no veían por su ceguera y bajeza. ¿Qué era, pues, lo que ya veían? Veían grandeza de virtudes, abundancia de suavidad, bondad inmensa, amor y misericordia en él, beneficios innumerables que de él había recibido, ahora estando en gracia, ahora cuando no lo estaba; todo esto merecían ya adorar con merecimiento los ojos del alma, porque ya estaban graciosos; lo cual antes no sólo no merecían adorarlo ni verlo, pero ni aun considerarlo, porque es grande la rudeza y ceguera del alma que está sin gracia.

domingo, 10 de agosto de 2008

San Juan de la Cruz, canta la hermosura de Dios

San Juan de la Cruz es el cantor del alma enamorada de Dios. Sólo el amor tiene la fuerza para arrancarnos de nuestro suelo duro y raquítico; es el amor que nos hace “salir” “estando ya nuestra casa sosegada” de los bienes materiales y de los afectos desordenados que “cansan, atormentan, oscurecen, ensucian y enflaquecen” nuestra voluntad y ciegan nuestro entendimiento.

Juan de la Cruz con sus versos canta la hermosura de Dios derramada en la creación. Los cielos y la tierra proclaman la gloria de Dios, porque grandes y maravillosas son sus obras.

Al principio del tiempo todas las cosas fueron “plantadas por la mano del Amado” y con su mirada todo lo creado fue embellecido:

“Mil gracias derramando, pasó por estos sotos con presura, y yéndolos mirando, con sola su figura vestidos los dejó de su hermosura” ( CB 5 ).

“El mirarlas mucho buenas era hacerlas mucho buenas en el Verbo, su Hijo”. Pero no se conformó con darles el ser natural, “mas también con sola esta figura de su Hijo las dejó vestidas de hermosura, comunicándoles el ser sobrenatural; lo cual fue cuando se hizo hombre, ensalzándole en hermosura de Dios”( CB 5, 4 ).

Así afirma con gran solemnidad que la Encarnación del Hijo de Dios y su resurrección “no solamente hermoseó el Padre las criaturas en parte, mas podremos decir que del todo las dejó vestidas de hermosura y dignidad”.

Al crear, “vio dios que todo era bueno” y con su mirada embelleció la creación. Y con la encarnación del Verbo cada hombre y cada mujer han sido “vestidos” de la “hermosura” de Dios. Y cada persona se debe mirar con la misma mirada con que Dios la miró al crearla y redimirla.

Amar es contemplarse con la misma mirada con que Dios nos amó al crearnos. Vivir es aprender a mirar como Dios nos mira, admirando toda la “gracia y hermosura” que ha dejado en mi y en los demás. Porque “el mirar de Dios es amar”.

La mirada de Dios cuatro bienes hace a la persona: limpiarla, agraciarla, enriquecerla y alumbrarla; “así como el sol cuando envía sus rayos, que enjuga y calienta y hermosea y resplandece”. Así nos mira Dios después que nos ha agraciado con sus dones, ya “nunca más se acuerda de la fealdad y pecado que antes tenía….Y así, habiéndole quitado una vez este pecado y fealdad, nunca más le da en cara con ella, ni, por eso, le deja de hacer más mercedes, pues él no juzga dos veces una cosa”.

Pero el alma sí debe recordarlos por tres cosas: “-para tener siempre ocasión de no presumir”; “-para tener materia de siempre agradecer”; “-para que le sirva de más confiar para más recibir; porque si, estando en pecado, recibió de Dios tanto bien, puesta en amor de Dios y fuera de pecado, ¡cuánto mayores mercedes podrá esperar!” ( B 33, 1 ).

Cuando uno recuerda su pasado, se da cuenta que no merecía la mirada Dios, por esta razón se atreve a decir con san Juan de la Cruz:

“No quieras despreciarme, que, si color moreno en mí hallaste, ya bien puedes mirarme después que me miraste, que gracia y hermosura en mí dejaste” ( CB 33 ).

Así está la persona humana delante de Dios “engrandecida, honrada y hermoseada”. Y como Dios está “enamorado de su hermosura…. Siempre le va comunicando más amor y gracia”; de esta manera se puede ir “enamorando” más de ella.

San Juan de la Cruz nos enseña a contemplar el mundo y a los hombres como Dios los mira: descubriendo siempre lo bello, lo positivo, lo bueno que hay en mí y en los demás. “El amor disculpa siempre”, aguanta y tolera lo menos bello y negativo que también hay en uno y en los demás.

A fuerza de mirar como Dios nos mira le descubrimos a El en todo y en todos; en la creación y en cada uno de los hermanos porque “yéndolos mirando..., vestidos los dejó de su hermosura”.

Saborear y gustar el amor con que Dios nos mira nos reconcilia con nuestro lado oscuro, con todas nuestras sombras y con toda nuestra historia. Sólo la Llama de amor sana y “tiernamente hiere”.

“El mirar de Dios es amar y hacer mercedes” (CB 19, 6 ). Es una mirada creadora y embellecedora, de la creación y de la persona, antes y después del pecado.

Conocer a Dios es “re-conocer” la huella maravillosa, profunda que ha dejado en las criaturas. La cúspide de la creación es el hombre “hermosísima y acabada imagen de Dios” ( 1S 9, 1 ).

Fr. Antonio Ribas, o.c.d.

domingo, 27 de julio de 2008

San Juan de la Cruz. El Hombre…fisonomía y carácter

A fray Juan de la Cruz le conocemos y valoramos actualmente por la calidad de su vida y sus escritos. Es un santo, un místico cristiano. Es poeta y escritor de grandes valores.
Sin embargo, tanto los hechos de la biografía como los análisis de su obra escrita remiten a una persona de carne y hueso, con determinada estructura psíquica y social. Queremos conocerle encarnado, visible y tangible, como le trataron sus contemporáneos: el hombre Juan, y no solamente el santo o el escritor.

IMPRESIÓN GLOBAL
Quienes le vieron y trataron de cerca suelen trazar descripciones cumulativas de su modo de ser: físico, psíquico, moral y espiritual. Presentan la figura externa: el rostro, el tipo, la palabra; y en seguida mezclan reflejos de la interioridad teologal.

He aquí el testimonio de dos carmelitas, un religioso y una monja, que le trataron largamente y muy de cerca:

“Conocí al padre fray Juan de la Cruz, y le traté y comuniqué muchas y diversas veces. Fue hombre de mediano cuerpo, de rostro grave y venerable, algo moreno y buena fisonomía. Su trato y conversación apacible, muy espiritual y provechoso para los que le oían y comunicaban. Y en esto fue tan singular y proficuo, que los que le trataban, hombres y mujeres, salían espiritualizados, devotos y aficionados a la virtud. Supo y sintió altamente de la oración y trato con Dios; y a todas las dudas que le proponían acerca de estos puntos, respondía con alteza de sabiduría, dejando a los que le consultaban muy satisfechos y aprovechados.
Fue amigo de recogimiento y de hablar poco. Su risa, poca y muy compuesta. Cuando reprendía como superior, que lo fue muchas veces, era con dulce severidad, exhortando con amor fraternal; y todo con admirable serenidad y gravedad”. (Eliseo de los Mártires)

“He considerado muchas veces que, con ser el dicho santo padre fray Juan no hermoso y pequeño y mortificado, que no tenía las partes que en el mundo llevan los ojos; con todo eso, no sé qué traslucía o veía yo de Dios en él, llevándose los ojos tras de sí para mirarle, como para oírle. Y mirándole, parecía se veía en él una majestad más que de hombre de la tierra”. (María de San Pedro, Beas).

Federico Ruiz, ocd


domingo, 29 de junio de 2008

EL AMOR NOS COMPROMETE CON EL MUNDO

San Juan de la Cruz lo expresa maravillosamente:

“Este despertar es el movimiento de la palabra en lo profundo del Espíritu, Que contiene tal grandeza. Dominio y gloria y dulzuras intimas que le parece al alma que todos los perfumes y fragancias de las flores del mundo se han unido y despiden dulce olor y que todos los dominios y reinos y poderes del mundo y todos los poderes y virtudes del cielo se estremecen; y no solo esto, sino que parece que todas las virtudes, perfecciones y gracias de cada cosa creada parece brillar y moverse a la vez”. (Llama4,4)


Ahora Juan podría seguir diciendo “Que ahora el alma conoce a las criaturas a través de Dios y no ma Dios a través de las criaturas” (Llama 4,5)

La persona transformada en Dios, ve y ama la creación como Dios la ve y la ama. Amar como Dios ama, significa amar cada persona y cosa que existe, tal cual es. Unida a Dios, el amor con que la persona ama se ira convirtiendo en el amor con el que Dios ama. Y así como Juan recuerda a sus lectores “Dios se goza de estar con la humanidad, Dios ama la humanidad, y al mundo, es su creación”.

Este Divino amor por la creación se ira transformando en el amor por el cual la persona unida con Dios, amara al mundo. Es decir, amando y disfrutando las cosas y personas con un solo ser, espíritu y sentido.
En esta coyuntura podremos ir superando nuestros egoísmos posesivos. Aquí es donde se encuentran la pobreza y el amor.

jueves, 19 de junio de 2008

Asi era San Juan de la Cruz

AFECTIVO Y RESERVADO

El componente afectivo destaca en su conducta y en sus escritos. No es solamente caridad fraterna; es también sensibilidad, pasión, afecto, cariño. Lo demuestra a cada paso, aunque de forma velada por su sobriedad y reserva. Ya desde niño en Medina del Campo muestra su cariño hacia los mendigos, los pobres, los niños abandonados; siendo él más pobre que todos ellos. Los trae a casa y los cuida. Se desvive en esa misma época, en sus años de adolescencia y juventud, por los enfermos contagiosos del hospital.

En el trato con su hermano Francisco, conserva toda la vida expresiones de cariño que, para ser fray Juan, calificaríamos de “desbordantes”; le pide que venga a visitarle, le retiene en el convento, le agasaja, le presenta a todos sus amigos y a las personalidades con encarecimiento: es mi hermano, una joya, lo que más quiero en este mundo.

Con sus hermanos los religiosos, se muestra atento y cariñoso. Es exigente en la coherencia de vida y vocación. Pero sabe crear alrededor clima distendido de alegría y libertad. No va a la caza de pequeñas infracciones o descuidos. Las consignas que se han conservado en los “Dictámenes de espíritu” son buena prueba de ello. En diferentes tonalidades, ha tenido amigos entre sus hermanos de hábito: Juan Evangelista, Inocencio San Andrés, Juan de santa Ana, Martín de la Asunción… La compañía en el convento o en los viajes ha creado familiaridad, confianza, amistad.

Su estilo de trato con la mujer merece especial mención. Ha sido constante en intenso a lo largo de los 23 años que vive en la Reforma. Orienta su vocación religiosa en el Carmelo hacia la Reforma, persuadido y arrastrado por santa Teresa. A raíz de este hecho inicial, fray Juan encontrará en los Carmelos femeninos una segunda familia. La Santa le ha encomendado vivamente el cuidado espiritual de sus hijas. Este servicio, llevado adelante con interés y constancia, crea familiaridad, amistad. La ha tenido especial con algunas comunidades: La Encarnación (menos, por ser muy numerosa), Beas, Caravaca, Granada, Segovia. Además de estas amistades colectivas, hay acentuaciones de carácter personal. Conocemos algunas. Tal vez haya otras de mayor intensidad, que no han trascendido.

Aunque en tonalidades diferentes, hay cuatro mujeres que destacan en el trato familiar con fray Juan de la Cruz, a juzgar por los documentos que conservamos. Son: la madre Teresa (Sta Teresa de Jesús), madre Ana de Jesús (Lobera), doña Ana de Peñalosa, Juana de Pedraza.
Federico Ruiz, ocd

sábado, 31 de mayo de 2008

San Juan de la Cruz - EL DOCTOR DEL AMOR.

Que nadie se llame a engaño. Hoy se dice que el amor no existe. Y por otra parte, se ha bastardeado la palabra amor; se la ha embrutecido, se la ha banalizado. No se entiende lo que es amor. Llaman amor, a lo que es egoísmo, al frenesí, al gusto y consumición del placer. El amor no hay que hacerlo, sino sufrirlo, padecerlo; no dejarse arrastrar por el deseo de revolcarse, sino embridar el potro del hombre animal que todos los hombres llevamos en esta carne manchada que somos. Ya en el amor humano de dilección, como lo llama Maritain, "Los amantes de Teruel", murieron de amor. Gabriel y Galán nos describió en su poema LA PEDRADA, lo que es amar:

"Me enseñaron a rezar,
me enseñaron a sentir,
y me enseñaron a amar,
y como amar es sufrir
también aprendí a llorar".

Amar no es hacer el amor, sino hacer el despojo. "Amar es trabajar en despojarse y desnudarse por Dios, de todo lo que no es Dios". Ahí reside la esencia del doctorado de San Juan de la Cruz, que sólo ejerciendo el amor, consigue el alma el fin para lo que fue creada, que es dejarse transformar en Dios y ser esclarecida por él, de tal manera, que el hombre parece el mismo Dios, y tiene lo que tiene Dios.

"Ya no guardo ganado,
Ya no tengo otro oficio,
que sólo en amar es mi ejercicio".

Amar es darse. Amar es sembrarse, dulcemente. Sembrarse donde El pida: En tierra árida o en dilatada playa. En la calle y en casa. Florecer a su gusto, es amar. Abandonarse en sus brazos. Fuertes, suaves, exigentes, vitalísimos, Providentes. Brazos de Dios-Hombre, Brazos de túnica rozagante que acarician el alma; Brazos que nos hacen omnipotentes.

AMAR ES DEJARSE

Amar es dejarse... ¡Oh! ¡Sí! ¡Dejarse! ¡Dejarse siempre! ¡Dejarse en todo! Sin pensar en el cuándo, ni en el qué, ni en el cómo. Dejarse que nos trate como a El le convenga. Amar es trenzarse, hiedra de uñas verdes, con el Amado. Con Él, por Él y en Él. ¡Oh!, ¡qué ansia! ¡Oh qué vuelo! ¡Oh que hambre de cielo! Abrazo soldante. Abrazo volcánico. Abrazo exquisito. Abrazo sin tiempo. Abrazo infinito, universal, sereno, casto, fecundo. ¿Cuándo, Amor? ¿Cuándo, Amado, me estrechas, me tronchas, me identificas en tu Regazo? ¿Cuándo, Abismo, me estrujas como un manojo de rojísimos jacintos?. "Donde no hay amor, ponga amor y cosechará amor". "El alma que anda en amor, ni cansa, ni se cansa".

Escribe Raïsa: "¿Cómo le demostraré mi amor? Dándome a El desde el fondo del corazón, de tal modo que nunca more en él ningún otro amor... Dios es celoso de este don particular del corazón que es el amor, que es total y exclusivo por su naturaleza".

Sequedades y apuros, angustias y desamparos, soledades y túneles negros. Y la suma pobreza. Y el pensamiento de que Dios es cruel y está hecho un erizo con ella. Es un verdadero pequeño purgatorio el que padece. Dios al quirófano es terrible. Pero sin quirófano no hay curación de verdad, ni salud total, ni identificación con el Ser todo puro y eternamente sereno y dichoso en plenitud sin límites. Lo que estimula a decidirse a tal empresa que tiene su precio, por algo se llama "caridad", es saber que tras ella viene la pacificación total y el amoroso abrazo de Dios que ampara e identifica con El. Llegada aquí el alma su anhelo vuela más alto: es la muerte de amor lo que desea y pide mansa y tiernamente. Morir de amor impetuosamente al compás del romper de la tela.

lunes, 28 de abril de 2008

Las Virtudes teologales en Juan de la Cruz

La Fe Teologal

La fe teologal es un don gratuito, que ayuda al hombre en el conocimiento de la realidad divina. Juan de la Cruz, como creyente que ha experimentado las gracias místicas, es consciente de la importancia de la FE y de la necesidad de tenerla viva y operante para poder llegar a la experiencia de la unión. “DIOS ES LA SUSTANCIA DE LA FE Y EL CONCEPTO DE ELLA” (CB 1,10)

En una perspectiva personal, la FE se equipara, en ocasiones a la noche espiritual. (S 2, 1,2). En este sentido la FE es comprensiva de las tres virtudes teologales. En los escritos sanjuanistas tiene este significado :”Hábito del alma cierto y oscuro...porque hace creer verdades reveladas por el mismo Dios “ ( S 2,3 1). En esto hay dos elementos esenciales de la teología, dos aspectos fundamentales de la FE : en cuanto acto y contenido.

- El contenido hace referencia a las “ verdades reveladas por Dios” . Estas verdades no son del mismo hombre sino de la boca de Dios, (S 2,22,3), el hombre es incapaz, por su condición natural de entenderlas. La doctrina sanjuanista se refiere en este punto, a la centralidad de Cristo como PALABRA ÚNICA Y DEFINITIVA DE DIOS, en la cual se agota toda revelación.

- En el segundo aspecto, la FE como acto : es creer, es un consentimiento interior de lo que entra por el oído (S 2,3,3 ), es una acción voluntariamente humana, del entendimiento y de voluntad. Pero la oscuridad de la FE llena al mismo tiempo que vacía, a medida que aleja de lo caduco acerca a Dios.

Para San Juan de la Cruz, a lo largo del itinerario espiritual la FE y el AMOR son los dos mozos de ciego que han de guiar al alma “POR DONDE NO SABE, ALLÁ A LO ESCONDIDO DE DIOS” (C 1,11) .


Esperanza Teologal

La ESPERANZA es ante todo, un “don sobrenatural”, infundido por Dios en la justificación, juntamente con la FE y la CARIDAD .” Por un bien tan grande mucho conviene sufrir “, escribe Juan de la Cruz (S 3,2,1).

El objeto de la ESPERANZA es Dios mismo, supremo bien del hombre, por eso “ la ESPERANZA de Dios solo dispone puramente a la memoria para unirla con Dios “ (N 1, 2, 11 ).

Centro y fundamento de la ESPERANZA es siempre Jesucristo, pues se apoya en las promesas divinas realizadas en Jesús, en las cuales están implicadas la misericordia, la fidelidad y el auxilio de Dios.

La ESPERANZA no ofrece certeza firme de la propia salvación, como lo hace la FE. Y ello porque la salvación no depende de las promesas de Dios, sino de la libre respuesta del hombre a la llamada divina. A la plena ESPERANZA cristiana sólo se accede por la FE. Por eso la FE es anticipo de ESPERANZA. Es necesaria también una fuerte disposición de AMOR.

La ESPERANZA, virtud plenamente teologal, ocupa según Juan de la Cruz, un puesto entre la FE y la CARIDAD. El futuro al que invita la ESPERANZA, no es cosa hecha, sino algo que está por alcanzar. Por eso el vacío es su debilidad y, a la vez su mayor fuerza. La ESPERANZA quiere amar, poseer a Dios y sabe que esto sólo tendrá lugar al final de los tiempos. La ESPERANZA no es evasión, sino que va por pasos, siendo, en definitiva un don.

Para el Santo, esta virtud representa un encuentro total con Dios. Lo ya poseído y, por lo tanto, alcanzado no tienes que esperarlo ni luchar para darle alcance. Sólo el que espera y se esfuerza por alcanzar a Dios lo alcanza si no se cansa en este empeño.

Caridad Teologal

Como no podía ser menos, la CARIDAD es tema central en toda la síntesis sanjuanista. No importa que el Santo no lo desarrolle específicamente, pues está presente de alguna manera en todas sus obras. Lo que le interesa es analizar el papel decisivo de la CARIDAD en la vida espiritual. No deja de ser sintomático que para hablar de esta realidad teologal prefiera el término “AMOR” al de CARIDAD.

La CARIDAD, ante todo es AMOR, ya que “nos obliga a amar a Dios sobre todas las cosas “(S 2, 6,4). La CARIDAD es un amor de benevolencia, un amor de amistad. Pero la verdadera amistad es irrealizable sin la experiencia de la CARIDAD teologal.

Así, pues, la CARIDAD asume la forma de amor humano que tiende a la comunión de las personas. San Pablo amonestaba a los Efesios “que estuviesen bien fuertes y arraigados en la CARIDAD... para saber también de la suprema CARIDAD de Cristo.

La CARIDAD es la energía humana y el criterio máximo de madurez personal. Es el primer mandamiento. Es el alma de todo el proceso teologal, centrado por la unión de AMOR. No en vano “es la CARIDAD el vínculo y atadura de la perfección” (CB 30,9). Es la virtud que hace que la voluntad se oriente a Dios. Al igual que la FE y la ESPERANZA, es la virtud teologal que se ocupa de ordenar la voluntad. La FE y la ESPERANZA no serían nada sin la CARIDAD, según la enseñanza paulina. Es la CARIDAD la que da viveza y valor a las obras de la FE y de la ESPERANZA.

martes, 19 de febrero de 2008

¿A dónde te escondiste Amado mío?

¿Dónde está escondido Dios?

Y puede preguntarse el hombre que busca a Dios dónde está tan sumo Bien, donde está escondido Aquel que no ve con los ojos pero que su alma busca y ama...

Y aquí san Juan de la Cruz nos diría:
Bueno será (...) le respondamos mostrándole el lugar más cierto donde está escondido (...) Para lo cual es de notar que el Verbo Hijo de Dios, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo , esencial y presencialmente esta escondido en el íntimo ser del alma(...) Está, pues, Dios en el alma escondido, y ahí le ha de buscar con amor el buen contemplativo, diciendo. ¿A dónde te escondiste?

¡Oh, pues, alma hermosísima entre todas las criaturas, que tanto deseas saber el lugar donde está tu Amado para buscarle y unirte con él ya se te dice que tu misma eres el aposento donde él mora y el escondite donde está escondido; que es cosa de gran de contentamiento y alegría para ti ver que todo tu bien y esperanza está tan cerca de ti que este en ti o, por mejor decir, tu no puedas estar sin él. Cata -dice el Esposo- que el reino de Dios está dentro de vosotros (Lc 17,21); y su siervo el apóstol san Pablo: Vosotros dice- sois templo de Dios(2Cor 6,16).

Grande contento es para el alma entender que nunca Dios falta del alma, aunque esté en pecado mortal, cuánto menos de la que está en gracia...

viernes, 14 de diciembre de 2007

Pon amor y sacarás amor

El amor aparece allí donde un santo siembra amor.
Fiesta de San Juan de la Cruz 14 de diciembre

La vida terrena de san Juan de la Cruz llega a su fin. Su historia ha estado marcada por mil dolores y sufrimientos. En todo, a pesar de todo, ha podido descubrir, entrever, algo grande, sublime, hermoso: la cercanía de Dios, el Amor de un Dios que da y se da sin medida.

Juan Yepes había nacido en Fontiveros en 1542. De niño vivió en una pobreza que rayaba en la miseria. Su padre murió desheredado, cuando Juan todavía era un niño. Su madre tuvo que mantener a tres hijos en una situación económica muy precaria.

Juan empieza a trabajar muy pronto. Va a un hospital donde yacen enfermos en condiciones lamentables. Toca así, en directo, en vivo, el misterio del dolor humano.

Dios lo llama a la vida religiosa y al sacerdocio. Acabados los estudios, es ordenado sacerdote en 1567. Poco tiempo después, conoce a santa Teresa de Jesús y se une al proyecto de esta gran fundadora: reformar la vida de la Orden del Carmelo.

Aquí empieza una primera etapa de cruces y de dolores, que culminan con la “prisión” del P. Juan de la Cruz durante 9 meses en una cárcel monástica, en la famosa ciudad de Toledo (1577-1578). Lo “arrestan” algunos carmelitas no reformados, que ven en Juan de la Cruz un peligro, una amenaza a la existencia de la Orden.

Juan de la Cruz vive en medio de la oscuridad y de terribles castigos físicos (en el tiempo de prisión golpean duramente sus espaldas). Pasa frío, come mal, no puede ni celebrar la misa. En la celda-cárcel (apenas 3 metros por 2 metros) se produce, sin embargo, un milagro inesperado: el cielo y el amor parecen brillan con una fuerza extraordinaria. Juan compone, de memoria, versos místicos nunca igualados, que luego serán comentados por él mismo, y que hoy conocemos como “Cántico espiritual”.

Terminada la prueba de 1578, Juan de la Cruz puede continuar su vida religiosa. Se dedica de lleno al trabajo de reforma de la Orden carmelita (que se convierte en la familia de los Carmelitas Descalzos). Pero poco a poco algunos hermanos suyos de reforma lo van relegando, lo tratan como a un religioso sin importancia.

El culmen de los desprecios de sus compañeros de orden se produce en el capítulo de 1591. Los superiores privan de todos sus cargos a Juan de la Cruz, y lo trasladan a Jaén, donde vive en suma pobreza. Dos frailes de Sevilla empiezan a calumniarlo duramente, y algunos llegan a pensar que pronto el P. Juan de la Cruz será expulsado de la orden.

En esos momentos de persecución, de abandono, de críticas internas, una religiosa carmelita descalza de Segovia envía una carta de consolación a nuestro santo. Le expresa su pena por todo lo que está pasando, por la injusticia enorme que se comete contra uno de los grandes colaboradores de santa Teresa de Jesús.

La respuesta de san Juan de la Cruz es, en su sencillez, en su profundidad, un resumen de vida espiritual, un reflejo de la fe de quien ha puesto en Dios el tesoro de su vida:

“A la M. María de la Encarnación, OCD, en Segovia Madrid, 6 julio 1591
... De lo que a mí toca, hija, no le dé pena, que ninguna a mí me da. De lo que la tengo muy grande es de que se eche culpa a quien no la tiene; porque estas cosas no las hacen los hombres, sino Dios, que sabe lo que nos conviene y las ordena para nuestro bien. No piense otra cosa sino que todo lo ordena Dios. Y adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor...”

Los hombres creen escribir la historia, cuando es Dios quien permite todo “para nuestro bien”. Aunque no comprendamos. El corazón creyente recibe la invitación a descubrir ese misterioso designio de Dios, para “poner amor” donde no hay amor. Es entonces cuando el mundo y la vida cobran una luz especial: se convierten en fuente de paz y de amor, de felicidad y de esperanza que nacen del abandono confiado en Dios.

Una paz que llega también un día a un fraile delgado y enfermo. Una terrible infección en una pierna va a acelerar la hora del encuentro con el Amado. Las “curas” y los tratamientos médicos son sumamente dolorosos, y al dolor físico se une el poco aprecio que le tiene el superior del convento en el que pasa las últimas semanas de su vida.

En el lecho de muerte pide que le lean algunas páginas del “Cantar de los Cantares”. Quiere reavivar su Amor al Dios por el que ha vivido y por el que ahora acepta la muerte. La hora de la cita entre dos enamorados llega, por fin, el 14 de diciembre de ese mismo año 1591. Juan vuela al cielo. Dios, que es bueno, lo acoge con amor, porque supo amar mucho y dejarse amar por el Amado.

Autor: P. Fernando Pascual Fuente: Catholic.net

miércoles, 5 de diciembre de 2007

Presencia alentadora en el camino

San Juan de la Cruz
Soy Juan, Juan de la Cruz. Yo vengo de la otra orilla del tiempo, soy casi de vuestro tiempo. Es que para Dios, mil años son como un ayer que pasó. Nací pobre, bien ligero de equipaje. Pero en esa pobreza siempre sentí fuerte la sed de Dios. En las noches calladas, en las soledades sonoras, en medio de las cenas que recrean y enamoran, oí muchas veces la voz del Amado y yo me dejé envolver en ese amor. Y toda mi vida se convirtió en una búsqueda apasionada de los Amores de mi Amado. Toda mi vida fue un Adviento en busca de Jesús. Estando en Granada, una mujer me pidió que le escribiese algunas de las coplas que me bullían por dentro. Y le escribí las coplas de la Llama. Me gustaron estos versos. A fe que me gustaron. Hablan del Espíritu, que es quien prepara el encuentro de bodas entre el Amado y la humanidad, entre el Amado y cada uno de nosotros. El Espíritu es quien prepara la mejor Navidad. A todos vosotros, que peregrináis hacia el Amor, os regalo también la musicalidad y la emoción de estos versos para que os acompañen en el camino.

¡Oh llama de amor viva
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva
acaba ya si quieres,
¡rompe la tela de este dulce encuentro!
¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda!
¡Oh toque delicado que
a vida eterna sabe
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida has trocado.

¡Oh lámparas de fuego
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
color y luz dan junto a su querido!
Fuente CIPECAR