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jueves, 17 de julio de 2008

La pequeña parábola del silencio

"¿Qué aprendes en tu vida de silencio?". Preguntó el caminante a un monje. El monje, que en aquel momento estaba sacando agua de un pozo, le respondió: "Mira al fondo del pozo. ¿Qué ves?". El caminante obedeció la propuesta del solitario, y se asomó curioso al brocal del pozo. Después de observar bien respondió: "Sólo veo un poco de agua revuelta".

"Detente un instante en tu camino, hermano, -le dijo el monje- contempla silencioso y sereno el cielo y las montañas que rodean nuestro monasterio, y espera... ".

Tanto el monje como el caminante se entretuvieron contemplando en silencio durante un tiempo, que no se hizo largo, la belleza deslumbrante del entorno. El sol levante destacaba el perfil de las montañas en el fondo azul intenso del cielo.

"Hermano... vuelve ahora a mirar el pozo y dime: Qué ves?". "Ahora veo mi rostro reflejado en el espejo que me ofrece la serenidad del agua", contestó el caminante.

"Esto es, hermano, lo que yo aprendo en mi vida de silencio. Comencé reconociendo mi rostro reflejado en las aguas remansadas del pozo cada vez que me acercaba para llenar mi cántaro de agua. Después, poco a poco, fui descubriendo lo que hay más abajo de la superficie, hasta llegaba a entrever las pequeñas hiervas que crecen junto a las paredes excavadas al construir el pozo. Y en los días en los que la orientación de la luz del sol me lo permitía, y el agua estaba especialmente cristalina, llegué a ver las piedras del fondo y hasta los restos de un cántaro roto y olvidado que había caído hace años y quedó allí.

Me preguntabas qué aprendía en el silencio. Esta es mi respuesta: quiero descubrir la profundidad de mi alma, el rincón más hondo de mi corazón, y de mi propia vida. Vine al monasterio buscando a Dios, porque sabía que Él me envolvía con su presencia. Y cada vez voy comprobando con más claridad que Dios también está en lo más profundo del pozo, como alma que da sentido y color, luz y vida a todo aquel que se asoma al interior del propio pozo con el deseo de buscarlo".

sábado, 17 de mayo de 2008

La escucha que serena el corazón humano

¿Cómo aprender a escuchar a los otros? Primero es quererlo, pero dando por supuesto este deseo, se pueden dar algunos consejos sencillos:
1. Creer que el otro puede decirme algo que me interesa, y me interesa mucho. “Mi existencia sin ti está vacía; quédate conmigo, háblame sin palabras, háblame siendo sencillamente, tú”
2. Buscar al otro, darle tiempo y tiempo de calidad. Darle espacio en la agenda de mi corazón, y después transmitirle con serenidad este mensaje: “Tengo todo el tiempo del mundo para ti; no hay prisas, yo quiero estar contigo”. Quizás no hace falta que se lo diga: mi postura, el gesto de mi rostro; todo le da a entender que estoy feliz de tener tiempo para él.
3. Mirar al otro con gratitud sincera. Es una mirada que lo acoge como es, sin exigirle inicialmente nada, para que pueda entrar a formar parte de mi vida en este momento. Mirada que comprende, no juzga, y da a entender que “me digas lo que me digas, para mí es importante, porqué lo es para ti”.
4. Preguntar con interés sincero, llegando a sentir, por la respuesta, mucho más que una inicial curiosidad, sino verdadera preocupación. Preguntarle con afecto e inteligencia, viviendo interiormente su drama, su alegría, su ilusión o su pesar.
5. Dar confianza y ayudar a que el otro exprese sus sentimientos, sin vergüenza, con la certeza de no ser juzgado: expresar el miedo, la inseguridad, la secreta ilusión… ¡Cuántas veces esos sentimientos alimentan el alma como un globo de gas que llega a explotar en forma de agresión casi inconsciente!
6. Valorar al otro en su totalidad: su persona, sus respuestas, sus ideas fantásticas, su forma de ver la vida distinta a la mía, sus decisiones, sus gustos originales… Nunca llegará a ser mi enemigo, quien tanto valoro y admiro. La admiración nace de la mirada limpia que descubre lo bueno, lo bello, lo humano del otro y es capaz de… asombrarse.
7. Agradecer, agradecer; agradecer la oportunidad de escuchar, de enriquecerme con lo que se me dice. Y hacerlo de corazón. El agradecimiento se conquista desde la humildad. Sólo quien se conoce, es capaz de admirar al otro, y valorarlo en su justa medida.

Podríamos empezar por escuchar, desde este momento, a quienes comparten ya mi camino en la vida. Quizás mi marido, hombre de pocas palabras, o mi mujer que no deja de hablar, o a mi hijo adolescente que parece que odia al mundo entero… Un poco de escucha hoy, puede invitar al otro a hacer también él, una opción por la escucha.

Cuando se escucha al otro se da el primer paso para amarle; y cuando se ama a alguien ¡Que a gusto se le escucha!

Nieves García

jueves, 13 de marzo de 2008

En la soledad

"Acostumbrarse a la soledad es gran cosa para la oración"
Sta. Teresa
La soledad no tiene que ver con estar solo, sino con lo que nos rodea. Para que el orante tenga la soledad ideal se necesita que el lugar lo acompañe y que la persona deje pasar todos los estímulos. La soledad no es aislamiento, sino una forma nueva de presencia.

Para vivir esta experiencia de soledad amorosa con el Señor, pedimos ayuda a la Iglesia. Y en la Iglesia encontramos muchas presencias alentadoras. Una de ellas, Juan de la Cruz.

Se hizo entrañable en la soledad. Buscó los lugares solitarios para encontrarse con el Amado; la soledad se le hizo sonora, los ojos se le llenaron de belleza, los oídos de la música callada del amor, la voz se le convirtió en evangelio para todos.

"En soledad vivía,
y en soledad ha puesto ya su nido;
y en soledad le guía
a solas su querido,
también en soledad de amor herido”
(Cántico Espiritual, 35)

Si quieres buscar a Dios, ponte en soledad por amor a El. Deja las cosas y centra la mirada de tu corazón en Él.

Ejercítate en la soledad, aunque a los comienzos sea costosa, que en ella hallarás y gozarás a Dios. A ella te conduce el Espíritu (Rm 8,14)

En la intimidad con Dios encontrarás paz y libertad; descubrirás que es Dios mismo quien te recibe y te acoge, quien te guía.

Cuando te ve en soledad, es Dios mismo quien se te entrega por amor.

martes, 11 de marzo de 2008

EN EL SILENCIO

“La oracion es estar muchas veces a solas con quien sabemos nos ama" Santa Teresa de Jesús (Libro de la Vida 8, 5);

El encuentro con Dios se da en el silencio del alma. Así lo dice santa Teresa de Jesús: “Pues hagamos cuenta que dentro de nosotros hay un palacio de grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas –en fin, como para tal Señor-, y que sois parte de que este edificio sea tal, como lo es en verdad (que es así, pues no hay edificio y de tanta hermosura como un alma limpia y llena de virtudes, y mientras mayores, más resplandecen las piedras), y que en este palacio está este gran Rey y que ha tenido por bien ser vuestro Padre y que está en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón” (Camino de perfección, 28, 9).

Y san Juan de la Cruz nos susurra al oído: “El alma que le quiere encontrar ha de salir de todas las cosas con la afición y la voluntad, y entrar dentro de sí mismo con sumo recogimiento. Las cosas han de ser para ella como si no existiesen...Dios, pues, está escondido en el alma y ahí le ha de buscar con amor el buen contemplativo, diciendo: ¿A dónde te escondiste?” (Cántico espiritual, 1, 6).

Escucha la voz del Espíritu y vete a donde él te guíe. Lleva sus inspiraciones a tu vida de cada día.

Recuerda que las mejores palabras no son las que aprendemos fuera, sino las que brotan de dentro. El silencio es siempre encuentro, nacimiento, palabra.

“Después de un periodo de silencio, nos enfrentamos al otro de una manera completamente nueva” (D. Bonhöeffer).

Aprovecha las pausas de la jornada para aprender a vivir en el silencio. “No se trata de aprender a matar el tiempo. Hay que aprender a estar solo cada vez que la vida nos reserva una pausa. Y la vida está llena de pausas, que podemos descubrir o malgastar. En el día más pesado y más frío, qué maravilla para nosotros prever todos esos cara a cara desgranados. ¡Qué alegría saber que podemos levantar los ojos sólo hacia vuestros ojos mientras el caldo cuece, mientras suena el teléfono, mientras en una parada esperamos el autobús que no llega, mientras subimos la escalera, mientras vamos a buscar al extremo de la huerta algo para echar en la ensalada” (Madeleine Delbrel).

Acoge el consejo de un hermano: “Os voy a revelar un secreto de santidad y de felicidad; todos los días, durante algunos momentos, acallad la imaginación, cerrad los ojos a las cosas sensibles y los oídos al ruido para entrar en vosotros mismos; quita las sandalias de tus pies, y ahí, en el santuario del alma, que es el templo del Espíritu, hablar a este Espíritu” (Cardenal Mercier).
Del silencio brotan los gestos más bellos de solidaridad que siguen anunciando el reinado del amor

“También cuando el cristiano se hace cargo de las necesidades del prójimo, como en el caso del buen samaritano, nunca se trata de una ayuda meramente material. Es también anuncio del Reino, que comunica el pleno sentido de la vida, de la esperanza, del amor” (Juan Pablo II).