miércoles, 9 de abril de 2008

Amar hasta la locura

Santa Teresa de Jesús nos invita: -Volvámonos todos locos por amor de quien por nosotros fue llamado loco también (Vida 16,4).

San Pablo lo dirá de otra manera y con otro tono de voz: -Si alguien no ama al Señor Jesucristo, que sea maldito (1Corintios 16,22).

Y nosotros nos preguntamos: ¿Sabemos lo que significa amar a Dios, amar a Jesucristo?...

¡Nadie ha visto a Dios!... (Juan 1,18). Con este golpe tan frío nos saluda casi en las primeras líneas de su Evangelio el apóstol San Juan. Sin embargo, Dios es el Creador que nos ha hecho para Sí y al que tenemos que ir bajo pena de perdernos. Para conseguirlo, nos ha dado esos tres regalos que llamamos en el catecismo las “Virtudes teologales”, dones extraordinarios de Dios.

Por la Fe creemos, aunque no veamos; por la Esperanza nos ponemos en camino, aunque no atisbemos ningún fin; por la Caridad amamos algo que nuestros sentidos no perciben para nada...

Esto nos ha dado Dios. Aunque sigue nuestra inquietud: ¿No nos pide Dios demasiado?... Es que, ¡si viéramos algo!... Pero es que no vemos nada, nada... Sin embargo, estamos tranquilos. ¿Por qué?...

Toda preocupación se desvanece cuando pensamos en Jesucristo. Jamás ponderaremos lo suficiente la bondad de Dios al habérsenos hecho visible, tangible, palpable, presente a los ojos y a los oídos en la Persona de Jesucristo, tanto es así, que el mismo Jesucristo nos dice con gozo inmenso suyo: -Quien me ve a mí, ve a mi Padre (Juan 14,9)

Entonces, esas mismas tres Virtudes teologales las dirigimos a Nuestro Señor Jesucristo. De este modo la Fe, la Esperanza y el Amor se nos facilitan tanto y tanto..., porque Jesucristo es un hombre como nosotros, pero es también Dios: es ese Dios al que no veíamos, y ahora vemos; es ese Dios que nos promete con palabras humanas y que entendemos tan claras y tan bien; es ese Dios que tiene un Corazón de carne, como el nuestro, y con el cual sintonizamos tan fácil y tan extraordinariamente bien.

Cuando Jesús llena la vida, la llena el mismo Dios. Con Jesús, vivimos plenamente de Dios, vamos a Dios, y conseguimos a Dios.

Si no, que nos lo diga aquel joven cristiano de las antiguas Misiones de T
onkin en la Indochina..., hoy Vietnam. Es apresado por su fe cristiana, azotado bárbaramente, y se le somete a llevar marcada en las mejillas la causa de su condena. Grabado a hierro rusiente, lleva este tatuaje en la cara: “Falsa religión Jesús”. Regresa al calabozo, y, valiéndose de un compañero, se hace cortar la carne en las dos primeras palabras, de modo que no quedase bien clara sino la palabra única que él quería: JESUS.
Se entera el Mandarín, y lo llama a su presencia: -¿Qué has hecho, infeliz? Esas palabras “Religión falsa” se te grabarán de nuevo con fuego, y no podrás borrarlas ya más.

El mártir se obstina: -¡Jamás! ¡Eso no lo haces! Porque la religión de Jesús no es falsa, sino verdadera y pura, ¡y yo soy cristiano! Antes de que las grabes de nuevo, prefiero morir.

El Mandarín no puede con su furor: -¡Pues, bien; morirás! Mientras lo llevaban al suplicio, un pregonero iba por las calles anunciando: “Koa Cuon muere por la falsa religión de Jesús”.

No hacía falta semejante anuncio. Bastaba mirar la cara del condenado para leer la palabra más augusta y por la cual moría: JESUS.

Nadie como el mismo Jesús nos dice lo que es la fe en Él para llevarnos al Padre: -El que cree en mí, no solamente cree en mí, sino también en el Padre que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve también al que me envió (Juan 12, 44-45)

Nadie como Jesús nos dice también lo que es esperar en Él: -¡Confianza, que yo he vencido al mundo! (Juan 16,33)

Y comentará San Pablo: -Si Dios nos dio su propio Hijo, ¿cómo no nos va a dar junto con él todas las demás cosas? (Romanos 8,31)

Nadie como Jesús nos dice lo que significa amarle a Él, al asegurarnos el amor de Dios: -El que me ama será amado de mi Padre, y yo también le amaré, y me manifestaré a él... Al que me ama, lo amará mi Padre, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él (Juan 14, 21-23)

Cuando se mira así a Jesucristo, se comprende la pasión de sus grandes amadores, que no se contentan con nada sino con llegar a ser sino sus verdaderos “amigos”. Y éste es el término del amor a Jesucristo. Se empieza por preocuparse de su Persona, porque se le considera un tipo
interesante. Se sigue por adorar en Jesús al Salvador, y esto es mucho más.

Pero se llega a lo sumo cuando se puede asegurar: Jesús es mi amigo. Jesús y yo somos amigos entrañables, ¡porque nos queremos de verdad!...

Un santo sacerdote le decía a Jesús: -Tú sabes que te quiero amar más que nadie, y trabajar, ¡trabajar por ti, Jesús!... (P. William Doyle SJ).

Y Teresa del Niño Jesús: -Quiero amar a Jesús como no lo ha amado hasta ahora nadie. Quiero amarlo hasta la locura...

Total: éstos y tantísimos más, no salían de la propuesta de Teresa de Ávila: Volverse locos por Aquel que fue tenido por loco al habernos amado tanto... Creer en Jesucristo —al que vio el mundo y en el mundo dejó su historia—, para amar en Él y por Él al Dios que no vemos y que nos manda amarle con todo el corazón... ¿Ha podido hacer Dios las cosas de una manera mejor, para facilitarnos el creer, el esperar y el amar?... Pedro García, Cmf

2 comentarios:

Alter ego (el otro yo) dijo...

Hola Hermanas en Cristo,reciban mis saludos un buen post que me hace reflexionar para entender las cosas.La obediencia es el amar a Dios y por supuesto que es la obediencia a su palabra que es la Biblia y es por eso que la Biblia es útil para corregir , instruir y enseñar en la justicia de Dios ... Ánimo Hermanas.

DE LA MANO DE TERESA DE JESUS dijo...

Gracias alter ego. Es todo cuestion de estar enamorados del amor ¿no?

Un beso grande